Hay pacientes que llegan a la consulta con una bolsa de compresas y llevan años sin decírselo a nadie. Han cambiado la ropa que se ponen, han dejado de correr, calculan dónde está el baño antes de sentarse en cualquier sitio. Cuando por fin lo cuentan, casi siempre hacen la misma pregunta: esto, ¿se opera?
La respuesta corta es que a veces sí, y que la cirugía funciona bien cuando está bien indicada. La respuesta larga es la que importa, porque antes de operar hay que saber qué tipo de pérdida de orina tiene el paciente, cuánta pierde y qué se ha probado ya. Operar una incontinencia de urgencia como si fuera de esfuerzo no la arregla, y puede empeorarla.
Primero el diagnóstico: no toda pérdida de orina es igual
El nombre completo del problema no es «incontinencia» a secas. Hay varios mecanismos distintos detrás, y cada uno lleva a un tratamiento diferente. Puedes ver el panorama general en la página de incontinencia urinaria.
De esfuerzo
La orina se escapa al toser, estornudar, reír, levantar peso o hacer deporte. No hay ganas previas: el escape aparece cuando sube la presión dentro del abdomen y el mecanismo de cierre no aguanta. Es la más frecuente en la mujer y la típica del hombre operado de próstata.
De urgencia
Llega primero un deseo repentino e imperioso de orinar y después el escape, a veces sin dar tiempo a llegar al baño. Detrás suele haber una vejiga hiperactiva, es decir, una vejiga que se contrae cuando no le toca. Esta forma se trata primero con medicación y medidas de comportamiento, y la cirugía convencional del esfínter no le hace nada.
Mixta
Los dos componentes a la vez, en distinta proporción. Aquí el trabajo consiste en averiguar cuál molesta más al paciente, porque el orden del tratamiento cambia según eso.
Tras cirugía prostática
La pérdida aparece después de una prostatectomía radical y, con menos frecuencia, después de una cirugía de próstata por hiperplasia. Es un escenario particular porque el esfínter ha quedado como único mecanismo de cierre y porque la recuperación espontánea sigue mejorando durante meses.
Qué se hace antes de hablar de quirófano
Una consulta bien hecha empieza por cuantificar. Un diario miccional de tres días, en el que el paciente anota lo que bebe, cuándo orina y cuándo se le escapa, aporta más información que muchas pruebas. A eso se suman el número y el tipo de compresas al día, que es la forma práctica de medir la gravedad, y la exploración física. Según el caso se completa con una ecografía con medición del residuo posmiccional, un análisis de orina y, cuando el cuadro no está claro o se va a operar, un estudio urodinámico.
Con eso en la mano se agota el tratamiento conservador, que no es un trámite:
- Rehabilitación del suelo pélvico con un fisioterapeuta especializado. Bien hecha y mantenida, mejora una parte importante de las incontinencias de esfuerzo leves y moderadas, y en el hombre operado de próstata acorta el tiempo hasta la continencia.
- Medidas de hábitos: repartir la ingesta de líquido, reducir cafeína y alcohol, tratar el estreñimiento, dejar de fumar si hay tos crónica y trabajar el peso cuando sobra, porque cada kilo de más carga el suelo pélvico.
- Medicación, que tiene sentido sobre todo en el componente de urgencia. Los fármacos anticolinérgicos y los agonistas beta-3 reducen los episodios de urgencia, aunque no todos los pacientes los toleran igual.
- Tiempo, en el postoperatorio de próstata. La continencia sigue mejorando durante el primer año. Por eso lo habitual es esperar al menos doce meses desde la prostatectomía radical antes de plantear una cirugía correctora, salvo casos muy concretos.
Cuándo se plantea operar
Se valora la cirugía cuando se cumplen a la vez varias condiciones: la pérdida está bien tipificada, afecta de verdad a la vida del paciente, el tratamiento conservador se ha hecho de forma correcta durante un tiempo suficiente y aun así el problema persiste. En la incontinencia tras cirugía prostática se añade que haya pasado el plazo de recuperación espontánea.
Hay un matiz que conviene decir en voz alta: el criterio de gravedad lo pone en buena medida el paciente. Una pérdida pequeña que impide a alguien volver al gimnasio o salir de casa puede justificar una intervención, mientras que una pérdida mayor en una persona con poca movilidad a veces se maneja mejor con medidas de contención.
Qué opciones quirúrgicas existen
Cinta suburetral en la mujer
Es la técnica más utilizada en la incontinencia de esfuerzo femenina. Consiste en colocar una banda que sostiene la uretra por debajo y le devuelve el apoyo que ha perdido, de modo que al aumentar la presión abdominal la uretra se cierra contra ella. Se hace por vía vaginal, con ingreso corto, y la mayoría de las pacientes recupera la actividad normal en pocas semanas. Los resultados a medio plazo son buenos en casos bien seleccionados, y las complicaciones posibles incluyen dificultad para vaciar, urgencia de nueva aparición, dolor y problemas locales de la malla.
Cabestrillo masculino
Para el hombre con incontinencia de esfuerzo leve o moderada tras cirugía de próstata. Se coloca una banda que reposiciona y comprime suavemente la uretra. Tiene la ventaja de que no lleva ningún mecanismo que el paciente deba manejar y de que la recuperación es rápida. Su límite es claro: rinde peor cuando la pérdida es abundante o cuando ha habido radioterapia previa, y en esos escenarios no es la opción adecuada.
Esfínter urinario artificial
Es la opción estándar cuando la incontinencia masculina es grave y también cuando ha fallado un cabestrillo previo. Se implanta un manguito alrededor de la uretra, un depósito de líquido en el abdomen y una bomba en el escroto que el paciente acciona con la mano cada vez que quiere orinar. Exige destreza manual y capacidad para entender el sistema, así que se valora también ese punto antes de indicarlo.
Los resultados en satisfacción son altos, y aquí hay que ser honesto con dos cosas. La primera es que es un dispositivo mecánico con vida limitada: una parte relevante de los pacientes necesita una revisión o un recambio a lo largo de los años. La segunda es que puede haber infección, erosión de la uretra o fallo mecánico, y cualquiera de esas situaciones obliga a reintervenir.
Agentes de abultamiento
Se inyecta un material en la pared de la uretra para aumentar su grosor y mejorar el cierre. Es un procedimiento poco agresivo, ambulatorio y repetible, útil en pacientes frágiles o que no quieren una cirugía mayor. A cambio, el efecto es menor y tiende a perderse con el tiempo, así que rinde poco en incontinencias importantes.
Opciones para el componente de urgencia
Cuando lo que domina es la urgencia y la medicación no ha funcionado, el camino es otro. La toxina botulínica intravesical relaja la vejiga durante unos meses y se repite de forma periódica; puede dificultar el vaciado y obligar temporalmente a un sondaje intermitente. La neuromodulación sacra actúa sobre las raíces nerviosas que controlan la vejiga con un dispositivo implantado, y tiene una fase de prueba previa que permite saber si el paciente responde antes de implantarlo de forma definitiva.
Resultados y riesgos, sin adornos
Ninguna de estas técnicas garantiza una continencia perfecta. Lo razonable es hablar de mejoría significativa y de reducción del número de compresas, y una parte de los pacientes sigue usando alguna protección puntual aunque esté satisfecho con el resultado. La cifra concreta depende del tipo de incontinencia, de la gravedad de partida, de si ha habido radioterapia y de la técnica elegida, y por eso se concreta caso a caso en consulta.
A los riesgos generales de cualquier cirugía se suman los propios de cada procedimiento: infección, dolor, dificultad para orinar, urgencia nueva o empeorada, problemas del material implantado y la posibilidad de una segunda intervención. El consentimiento informado recoge todo esto y merece leerse con calma antes de firmarlo.
Qué esperar después
La estancia hospitalaria suele ser corta y en varias de estas técnicas el paciente se va a casa el mismo día o al siguiente. Durante las primeras semanas se evita el esfuerzo intenso, levantar peso y la actividad sexual, y se cuida el estreñimiento para no forzar la zona. El esfínter artificial tiene un detalle propio: se implanta desactivado y se pone en marcha unas semanas después, en consulta, cuando los tejidos han cicatrizado.
El seguimiento posterior importa tanto como la intervención: sirve para ajustar el tratamiento, detectar pronto una complicación y vigilar el funcionamiento de los dispositivos implantados con el paso de los años.
Preguntas frecuentes
¿La incontinencia urinaria se cura con ejercicios de suelo pélvico?
Una parte de las incontinencias de esfuerzo leves y moderadas mejora mucho con rehabilitación bien dirigida y mantenida en el tiempo, sobre todo si se combina con cambios de hábitos. En las pérdidas abundantes o cuando el esfínter está dañado, los ejercicios ayudan pero no suelen bastar por sí solos.
¿Cuánto hay que esperar después de una operación de próstata antes de operar la incontinencia?
Lo habitual es esperar al menos doce meses desde la prostatectomía radical, porque la continencia sigue mejorando de forma espontánea durante ese periodo. En ese tiempo se trabaja el suelo pélvico y se valora la evolución. Solo en situaciones concretas se acorta ese plazo, y es una decisión individual.
¿El esfínter artificial se nota o se ve?
El dispositivo queda bajo la piel y no es visible con la ropa. La bomba se coloca en el escroto y el paciente la localiza con los dedos para accionarla antes de orinar. Requiere un aprendizaje breve y cierta destreza manual, que se valora antes de indicar la técnica.
¿La cirugía de la incontinencia afecta a la erección?
Las técnicas dirigidas al esfínter y a la uretra no actúan sobre los nervios de la erección, de modo que no es esperable que la empeoren. Cuando hay disfunción eréctil previa, suele venir de la cirugía oncológica anterior o de otras causas, y se estudia y se trata por separado.
¿Se puede operar la incontinencia si he recibido radioterapia?
Se puede, pero cambia la indicación. El tejido irradiado cicatriza peor y tolera peor los implantes, así que algunas técnicas pierden eficacia y sube el riesgo de complicaciones. Es uno de los datos que más pesa a la hora de elegir el procedimiento, y hay que ponerlo sobre la mesa desde la primera consulta.
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El Dr. Javier Sánchez Macías es urólogo en Barcelona y pasa consulta en t’URO BARCELONA (Av. Pau Casals, 5) y en UROBCN TEKNON (C/ Vilana, 12).
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Contenido revisado por el Dr. Javier Sánchez Macías, urólogo colegiado nº 34018 del Colegio Oficial de Médicos de Barcelona. Última revisión: septiembre de 2026. Esta información es divulgativa y no sustituye a una consulta médica. La visita médica, presencial o telemática, es imprescindible antes de establecer cualquier tratamiento, sea quirúrgico o no: para un mismo diagnóstico existen varias opciones terapéuticas y la indicación depende de la valoración individual de cada paciente.
